SECUESTRO SIN ANUNCIO…

 

Por: Zulariam Pérez Martí

Foto cortesía de la autora

 

Desde la tarde ante­rior todo estaba sobre la mesa. Cada paso pre­meditado; cada ficha ubi­cada en el sitio previsto. El hombre que días antes nos había dado la señal confirmó la cita, y ello le daba un carácter irreversible a la ac­ción. A quien debíamos “ajusticiar” no se podía llamar cobarde, no era de esos que tiene poco que contar, no era un mercenario de la palabra…, más bien un cultor de la palabra.

La camisa blanca acentuaba su aspecto de extranjero y los ojos de­jaban entrever al poeta inconcluso, al escritor que acompañó al Gene­ral Torrijos en su laberinto de luchas por el lejano y húmedo Panamá.

El primer contacto visual se aferró a la idea de ser un “escogido”, por­que aún olía a libro recién colado, a tinta aún fresca sobre el papel de la historia latina.

Dicen que Manuel Orestes Nieto (1) es ducho en pintar la realidad con poemas, mas se olvidan del pensa­dor, del historiador, del político…, es lo suficientemente importante como para ser secuestrado.

«Yo tenía un problema; mis an­tecesores generacionales habían escrito mucha poesía sobre la pre­sencia colonial en el país y recla­maciones políticas; usaban a Neru­da, a Vallejo, pero los lenguajes estaban como agotados…, era lo más próximo que tenía para cantar a mi patria y a mi país. Ahí fue don­de surgió la idea de alejarme de la acción y ser más un testigo de la situación», especifica el mismo Nieto, un poco después de sentarse a dialogar con un grupo de periodistas de Cienfuegos.

Y comienza a hablar de su obra hasta caer en aquel premio Casa de las Américas que recibió con apenas 24 años de edad. «Me sorprendió mucho; es uno de mis vínculos con Cuba, aun cuando he vivido casi diez años acá. Es una muy trascendente distinción literaria de escala latinoa­mericana. Desde entonces, guardo una relación estrecha con esta urbe.

«Ya tengo 45 años de literatura for­mal, he alcanzado una consolidación que me permitió entrar en la zona de los grandes escritores. Ha sido muy rápido todo…, hago mi obra con disciplina, estudio, lecturas, pacien­cia y persistencia; trato de tallar un lenguaje propio. Cuando el libro se sella y ya no se toca más, debe irse por los caminos en busca del lector, con premios o sin ellos. Si se reco­nocen valores en él, mucho mejor. Si son distinciones internacionales, muy bien. La literatura es, en todo caso, este oficio de luz, orfebrería y misterio. Y eso, les aseguro, es la maravilla», agrega, mientras desde el fondo le aguardan. Las miradas se entrecruzan y él no ve, no ve que le esperan, que detallan cada acto para luego convertirlo en pólvora, para luego jugar sin perder.

Y vuelve al trote de la palabra, se impulsa como si tratara de ganar la carrera más veloz y se sienten las vibraciones de la política: «Hice mi vida cabalgando en varias situacio­nes a la vez: por un lado, Panamá estaba en esa época en una lu­cha nacionalista muy seria por la presencia del estado colonial nor­teamericano en el centro del país; eran los que poseían la zona de tráfico, el azúcar, el Canal de Pa­namá; y por otro, existía el general Omar Torrijos en el poder desde el año 1968…, de ahí nace el libro Dar la cara.

«Hacía una vida intelectual que, a su vez, tenía una proyección políti­ca, lo cual me lleva a trabajar con el General Torrijos en su equipo personal. Y en un momento yo me convierto en embajador de Panamá ante el gobierno cubano durante cinco años, y ahí se da la situación, que siendo hijo de cubano en Pa­namá, representaba a Panamá en Cuba y se van tejiendo intimidades, tanto literarias, diplomáticas, como políticas, porque se encuentra uno en la zona difícil de la contradic­ción con los Estados Unidos que termina en una invasión a Panamá, y yo me tengo que quedar aquí en territorio cubano un tiempo, porque los gringos deseaban verme, pero yo no. Eso implica que conozco un poco a Cuba, toda la isla, to­dos sus mares, toda su historia, la obra martiana completa…», relata en medio de un silencio cómplice, donde los demás solo oyen, donde los otros escuchan al hombre vesti­do con camisa blanca que acentúa su aspecto de extranjero.

Orestes Nieto ha retratado el ser panameño en toda su magnitud y a pesar de que su esperanza se mantiene firme, no deja de advertir que el espejismo, la ceguera y la desproporción de ciertos individuos «le está costando demasiado a la sociedad…»

Desde el fondo aún le esperan. Y buscan entre los apuntes para no alejarse demasiado de sus intere­ses, pues sus palabras adormecen, entretienen, imantan al punto de la desconcentración, y salta a la vista un trozo de poema:

 

«La poesía te escoge, no la escoges.

Te acoge, como un tibio vientre de mujer

en el centro del amor.

Todo lo da en el acto de saber

que todo le debe ser quitado.

No trama, teje para otros. A veces con dolor.

Su principal virtud consiste

en maltratarte lo gratuito

Acosar la turbiedad de tus días, es su oficio…»(2)

 

Manuel sigue un discurso que deja la zozobra de no haber vivi­do, de ser oídos, de ser un punto equidistante en la órbita del saber colectivo, y piensas que difícilmen­te pueda verte, pueda sentir cuán­to tramas a sus espaldas, cuántos apuntes tienes sobre su vida.

«No sé si los textos que hago aho­ra serán ensayos novelados o me­dio novelas intervenidas por la poe­sía, o prosas poéticas, narraciones casi orales, crónicas con ficciones, malabarismos formales o losas de granito literario. Lo que sí sé es que estoy recorriendo avenidas más anchas y complejas después de tantos años de escritura. Cuando regrese a Panamá tengo ya la edi­ción de otro nuevo libro…», dice y toma agua, respira.

A él la poesía le posibilita conver­tir su Patria en un diálogo, con el que trasciende una relación intelec­tual que, en cambio, alcanza visos afectivos: es su amada, su niña, su mujer con quien se relaciona entra­ñable y afectivamente. No solo la conoce, sino que la entiende desde su propia piel; la sufre, la vibra.

Y el tiempo pone en dudas si po­drás ejecutar la acción, si podrás a las claras entrevistarlo, ya no sabes ni decir tu nombre, sus palabras vuelven atraparte con la dicha de saber contar.

Y pensaste en preguntarle sobre su relación con el General Torrijos, de la influencia que ejercen políti­cas culturales a la deriva, del Canal de Panamá; si la poesía te escoge o no, de su vínculo con Cuba y Fidel Castro, si se queda seco el pozo de la creación literaria donde ha be­bido… Todo lo planificado cae en catarsis, su voz agota la memoria, sus historias diluyen las preguntas y te atrapan tan fuerte que temes no respirar.

Habla, vuelve a hablar. Y se te olvidan las ideas, quieres anotar, quieres…

«¿Alguna pregunta?», indaga al gremio de periodistas que en deter­minados momentos ha colaborado con alguna coletilla bien pensada: ¿Qué pasa si un día se apaga el fuego donde nace la poesía?

«Esa es la situación más abismal que puede tener la creación lite­raria, que la fuente se seque y ya no tengas nada que decir. Es una condición humana que vas enfrentando a medida que pasa el tiem­po, ni siquiera lo percibes a los 35 o 40 años. Tú siempre sabes que la literatura está en proceso, pero hay un momento donde comprendes que no habrá más nada que contar, que decir, para ti, no para la poesía, ni para los otros que vienen.

«Es algo que sientes en ti. El enve­jecimiento puede detener la pluma, eso es muy humano sentirlo, pero siempre la realidad es superior a nuestros sueños y se abre la puer­ta para encontrar otro tema. Quizás lo que te detiene es cuando esto se convierte en un oficio, no en un tra­bajo o una cosa superficial, sino que estamos hablando de la vocación de tu vida, cuando es así solo te puede detener la enfermedad o la muerte.

«Siempre habrá manera de que la locomotora tenga suficiente fuerza para avanzar, yo estoy seguro de que mi caso es así…»

 

«¿Algo más?», incita al público.

Y ya nadie lo mira desde el fondo; ya las miradas no se entrecruzan.

Unas manos retuercen las pre­guntas aprendidas de memoria, las hace tiritas en un pensamiento casi alucinante…, pues ya han pasado más de tres horas y solo existe una afirmación latente: las palabras lo secuestraron, y nadie puede contra esa realidad.

 

Nota:

 

1-   Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Santa María la Antigua de Panamá. Director de las publicaciones literarias Trastienda, Extensión, Pris­ma, Crítica/Arte. Agregado político de la Embajada de Panamá en Nicaragua (1979-1980), embajador de Panamá en Cuba y luego en Argentina. Recibió la medalla Gabriela Mistral, en Chile. Ganador del Premio Nacional de Literatura “Ricar­do Miró” en 1973 y 1983. Finalista al Premio “Juan Boscán” de Poesía 1973. Mención en el Premio Casa de las Américas de 1973 y primer premio en 1975 con Dar la cara. Aparece en las principales antologías de poesía panameña y de América La­tina. Poemas suyos han sido traduci­dos al inglés, portugués, checo, búlga­ro, yugoslavo y alemán.

2-   “Poeta de Utilidad Pública”. Manuel Orestes Nieto

 

 

 

15/07/15