ANA NORA CALAZA: «MI MEJOR DECISIÓN: SER ARTISTA»

 

 

 

Por: Ernesto Eimil Reigosa

 

 

 

¿Has cantado Barquito de Papel junto a la simpática rana Cúcara? ¿Te has “arrancado un pelo de la barba” como el viejo mago Jotavich? ¿Has bailado con las guarachas del perro Totó en El Mago del Cachumbambé? ¿Te has reído con las aventuras animadas de Chuncha y su sobrino Paquito? Si has hecho alguna de estas cosas, entonces has escuchado, en esos programas infantiles, la inconfundible voz de una de nuestras más queridas actrices: Ana Nora Calaza.

 

La voz de Ana Nora es única y especial. Puede ser áspera, acaso ronca, pero siempre cálida y llena de exquisita sabrosura criolla.

 

Prefiere hacer voces de niños que de niñas, pero ha prestado su aliento a un sinfín de personajes que forman parte de nuestro audiovisual. Si no bastara para atestiguarlo la legión de seguidores, hoy padres y abuelos, que tuvo el programa infantil de seminal importancia en nuestra televisión Amigo y sus amiguitos, ahí están todos los que crecieron aprendiendo de Historia Universal con Toqui, o los que aún cantan las inolvidables canciones de Arcoiris Musical.           

 

¿Cuándo descubriste tu interés por los títeres y la actuación para niños?

 

Yo entré en este mundo por casualidad. Mi tío me llevó a un casting para un programa infantil cuando yo tenía cuatro años y esa fue la primera vez que actué. Ya un poco más crecida, asistí a la escuela de música Amadeo Roldán y aprendí a tocar saxofón y un poco de guitarra.

 

Tuve mucha suerte, ya que me adiestré con los mejores profesores posibles, y entre mis compañeros de clases se encontraban Sara González, José María Vitier y Elpidio Chapotín. Una verdadera constelación de estrellas. Ahora, en televisión comencé porque Consuelito Vidal había tenido un accidente y me llamaron para sustituirla temporalmente en el programa musical Amigo y sus amiguitos, allá por 1973. Como yo tenía estudios de música, Celia Torriente, directora del programa, me dijo «dale, que tú puedes». Y mira, pude. Y no solo eso, sino que me mantuve doce años.

 

¿Quiénes son sus referentes, a quien admira?     

 

A los grandes: Chopin, Tchaikovski, Chaplin y Walt Disney. Por cierto, a Disney pude hacerle un humilde homenaje doblando la película Cenicienta, de 1951. Resulta que en pleno Período Especial se rompió la única copia con la que contaba la Televisión Cubana, y un grupo de “locos”, entre los que me encontraba, nos dimos a la tarea de doblar la película desde cero. Ese es uno de los trabajos de los que me siento más orgullosa.

 

¿De sus personajes-títeres, hay alguno por el que sienta más cariño?

 

La ranita Cúcara, sin duda alguna. Tristolino, otro muñeco con el que trabajo mucho, me gusta, pero no me “mata”. Creo que esto es porque Cúcara es “mía” completamente. Me explico: yo a Cúcara la animo, le hago la voz, le invento historias que cuento en los diferentes programas y espectáculos a los que voy con ella.

 

Cuénteme alguna…

 

Cúcara fue microbrigadista en el Período Especial, por eso le dieron una casa en Alamar. En cada bache de La Habana vive una prima suya, y cuando llueve hacen una fiesta en la que cantan y bailan. ¿Viste qué vida más animada tiene?

 

¿Alguna vez ha hablado usted a solas con algún personaje?

 

Sí, hijo, si. Mil veces. Yo hablo con todos mis personajes. Converso con ellos para llegar a conocerlos y averiguar su personalidad. Incluso mi fiel Cúcara me acompañó una vez al psicólogo. Le dije al doctor que después tenía que hacer un espectáculo. Mentira. La llevé porque era la primera vez en mi vida que iba al psicólogo y estaba atemorizada. También en los viajes de avión voy abrazada a algún muñeco. Eso me tranquiliza y es para mí mejor que cualquier pastilla.

 

¿Se ha cuestionado si un personaje que lleva haciendo por muchos años y habla con determinado timbre de voz o camina de cierto modo, podría ser de otra manera?

 

Sí, con Tristolino. No he podido desarrollar una empatía tan fuerte con él. Desafortunadamente, no tiene tantas historias como Cúcara, debido a que los guiones del programa en el que aparecía fueron en decadencia, y por tanto el personaje sufrió un declive. En ocasiones Tristolino me dice: «yo no hablo así, tú no me conoces», y eso me aflige.

 

¿Cuánto tiene de cierto para usted esta frase del titiritero argentino Javier Villafañe: «El títere es la sombra del hombre»?

 

Eso es muy profundo. Para contestártelo tendría que tener un títere conmigo. Tal vez quiera decir que los títeres son una extensión del cuerpo del titiritero. Decimos que animamos al títere, no que lo manipulamos. Ese muñequito es parte de nosotros. Es un reflejo de nuestra personalidad. Cúcara soy yo, pero no soy yo.

 

¿Cómo comenzó su interés por el doblaje?

 

Ya en la Televisión, una cosa llevó a la otra. En los programas tenía que interpretar diferentes voces. Esa es la clave del doblaje: la variedad de timbres. Una compañía francesa que vino a Cuba a hacer Los miserables me contrató para que le doblara la voz a un niño. Después de aquello empecé en el doblaje de películas y series de animación.

 

¿Cuál es el proyecto que más le ha entusiasmado hacer?

 

Lo que estoy haciendo ahora: el doblaje de películas para invidentes. Es algo que me encanta, que me realiza espiritualmente. Es invaluable que escenas icónicas del cine puedan ser narradas y descritas con tu voz. Somos de los pocos en el mundo que hacen este tipo de doblaje, junto con Estados Unidos y algunos países europeos. A pesar de las dificultades económicas, me enorgullece que en Cuba se hagan este tipo de proyectos.

 

¿A cuáles películas se le ha realizado un doblaje de este tipo?

 

La primera película que se hizo fue José Martí: el ojo del canario, de Fernando Pérez. Disfruté mucho doblándola, ya que cuando cambiaba de escena recitaba uno de los versos sencillos del Apóstol. Además, yo me siento muy martiana. Otra que me marcó fue Conducta, de Ernesto Daranas. También doblamos la serie para adolescentes Pubertad. Trabajo muy difícil, por el tema que trata.

 

¿Cómo valora el futuro del doblaje en Cuba?

 

El doblaje en Cuba va a depender del rumbo que tome nuestro país. Hay muy pocos actores de calidad, y los jóvenes que están llegando tienen mala base. A eso únele que no hay mucho presupuesto para nuestro pequeño estudio, el 14-B. Ahora, todos los que trabajamos allí tenemos un sentido de pertenencia y una cohesión tan grande que “fajamos” todo lo que hacemos, desde lo más chiquito hasta lo más grande.

 

¿Cómo le gustaría a Ana Nora Calaza ser recordada?

 

Como lo que soy. No pretendo ser figura de culto, ni la más grande titiritera ni dobladora. Prefiero que me recuerden por mi trabajo con los niños. Me gustaría que inmortalizasen a mis personajes más que mi persona, que los niños cubanos de generaciones posteriores puedan aprender, reír y cantar con Cúcara y compañía.

 

¿La mejor decisión que ha tomado en su vida?

 

Mi mejor decisión: ser artista. Sin dudas. Agradezco eternamente a mi tío que me llevó a ese casting y a todas las personas que me han apoyado y creído en mí. Puedo decir con orgullo que no me arrepiento.