CAMBIA YA TU VIDA

 

 

 

Por: Daniel Céspedes

 

                                                                                            

 

 

                                                                                            

 

¿Vale tolerar un matrimonio en crisis solo para mantener las apariencias? Susan Morrow (Amy Adams), el personaje central de Animales nocturnos (Tom Ford, 2016), podría sentir que tiene razones de peso para continuar casada con un hombre (Armie Hammer) cada vez más distante de ella: acaso una hija concebida cuando se amaron de verdad, la privilegiada posición social que ostenta con o gracias a su marido, el temor al divorcio y quedarse ya sola literalmente. Razones y consecuencias que remiten al mal de raíz: falló en la elección del hombre que escogió para pasar su vida. Pero suprimirlo del todo (a ese hombre), aunque pudiera, no está en sus planes: negaría mucho la mujer que es ahora.

 

No se engañe el espectador. Animales… no es una película sobre la relación familiar, ni siquiera ello se sugiere en el otro relato ficcional que lee Susan. La reciente propuesta de Ford se anuncia desde la pérdida de la autoestima por dedicarse la persona a quedar bien no solo con el otro, sino con la convención exterior y reglamentada que nos debería controlar y, al mismo tiempo, proteger. Por oposición, el director estadounidense aboga por la reconquista de la ética propia en tanto oportunidad de cuestionar —hasta dónde vale— un comportamiento socialmente correcto en un mundo donde no basta que la mayoría se conduzca bien, mientras otros pueden actuar al libre albedrío, desajustando modelos de vida.

 

Ford concibe una trama de manera lineal en apariencia, que logra enriquecer gracias a un montaje alternado entre la historia del libro Animales nocturnos, de Edward Sheffield y el presente de Susan, que pronto va a perder importancia por cuenta de que ella hurga en su pasado, caso de quien intenta asociar y entender por qué Sheffield, su exmarido, ha escrito un libro triste y devastador. Es curioso, cuando Susan avanza en la lectura, cómo el presente es deslucido adrede casi hasta abandonarse en toda la historia, para que actúe como bisagra ideal entre el pasado de este personaje y la ficción narrativa, a tal punto que la puesta en escena se debate entre fragmentos diegéticos que parecen ocurrir al unísono para un espectador que le indican ya vincular situaciones dramáticas diferentes pero asociadas. ¿Qué es el presente de Susan en comparación con la vida que pudo haber llevado de estar casada con el escritor? ¿Acaso el destino le hubiera deparado una desgracia a tono con la que ella se figura al lado del correcto y cobarde Tony Hastings (Jake Gyllenhaal)?

 

No en balde se percibe una provocación estética a escala escenográfica y de  iluminación, sobre todo cuando por montaje: el presente es mostrado oscuro, cerrado, estático e intimista, al paso que, tanto el pasado como el relato del libro, están ambientados más en lo diurno, los espacios abiertos y muchos desplazamientos por necesidades dramatúrgicas. El propósito es advertir, no que los asesinos merecen morir, sino cómo lo acontecido puede esclarecer la otra vida que ¿se merece la protagonista? Aquí falta agregar un detalle enriquecedor: el thriller como género literario y audiovisual viene iluminando la historia de una mujer bella, exitosa en la profesión, pero frustrada en su vida personal.

 

Animales nocturnos, del diseñador de modas y cineasta Tom Ford, destaca por su relato contra el cinismo psicosocial y la insistencia de una vida falsa, vacía; su narración de varios tonos que tributa a una puesta en pantalla variable pero coherente, donde no puede pasarse por alto ni los contrastes diegéticos por razones más semánticas que estéticas, ni las actuaciones de lujo de Amy Adams, Jake Gyllenhaal y Aaron Taylor-Johnson. El momento especial de Laura Linney no se olvida. Eso sí, quien se roba el show en todo el largometraje es el Bobby Andes de Michael Shannon, ese antihéroe tan diurno como noctámbulo.

 

 

 

 

 

 28/04/17