CUATRO VIDAS, UNA PATRIA

 

 

 

Por: Jorge Suñol Robles

 

 

 

Los ojos de Abel, una ópera perdida, un poema triste, una canción deliciosa. Cuatro vidas, una sola Isla. Cuba Lecuona. Cuba Montaner. Cuba Santamaría. Cuba Milanés. Esto es un gran homenaje, una despedida, un canto. Cuerpos a veces frágiles,  desposeídos, otras  veces, cuerpos intensos, cuerpos que dibujan en su rostro el dolor. Lecuona lleva un portafolio; adentro, sus partituras. Rita, una pequeña maleta roja; adentro, lleva su voz, su micrófono. Haydeé lleva una mochila, adentro, su bandera. José Jacinto lleva otra maleta, azul, y adentro está su alma, su poesía. Todos, adentro, guardan sus secretos, sus miedos, sus silencios.   

 

Alguien se pregunta por qué son ellos cuatro, qué relación guardan, qué sentido tiene unir una cantante, una guerrillera, un pianista, un poeta. Luego de unos minutos queda claro, es Cuba la que los une, sus peculiares existencias, sus contribuciones. Son sus rostros imperfectos. Mezcla de contextos, realidades, intereses, mezcla de actitudes. El movimiento también los une.

 

Teatro de Las Estaciones esta vez lleva a escena Cuatro, obra de teatro coreográfico que tiene de fondo un fuerte carácter histórico, pues nos hace trasladar a distintas etapas y circunstancias; y lo logra hacer de una manera plausible. Es la combinación de los diálogos, separados por siglos, lo que otorga a la puesta una lectura interesante. Por momentos entretiene, por momentos conmueve, hay segundos vacíos, otros demasiado fuertes. Sin embargo, la obra logra un equilibrio. Esta modalidad requiere de un trabajo doble del actor, tiene que bailar,  actuar, interpretar, sentir, soñar, llorar... Cuatro lo intenta.

 

Es evidente, algunos actores tienes más dominio escénico que otros. Unos son más flexibles, más diestros en la danza; otros recurren a la intensidad de texto cargado de emociones y conflictos. Es este cuarteto, hay que destacar, sin duda, al personaje de Rita, interpretado por María Laura Germán. Buen estudio del personaje. Derrocha seguridad, intencionalidad; es fuerte en escena, se entrega. Ella goza, eso es notable.

 

Combinar la danza y el teatro es, a veces, un riego; son otros discursos, claro está. En Cuatro ambos estilos se compenetran, no hay rupturas, ofrecen intenciones, soluciones, decisiones. Cuatro vidas, cuatro personalidades unidas en una misma tabla. 

 

«¿Dónde está mi ópera El sombrero de Yarey?», grita Lecuona. Viven, mueren, dicen adiós, dejan la huella. Una clave, luego un piano cómplice. Yo cierro los ojos. Imagino, no hago otra cosa que imaginar a Rita en un escenario, a Haydée en la lucha, a Milanés escribiendo La fuga de la tórtola, a Lecuona frente a su piano. A todos nos ha tocado llorar en silencio.

 

Ellos lloraron, pero nunca se fueron.