HANGOVER 1X02: LA RE-VUELTA AL/DEL MUNDO EN 4 DÍAS

 

Por: Carlos Gámez

 

No quise hablar de compromiso. No quise apuntar, pues no me siento cómodo en esa posición. No quise, tampoco, pensar en la élite y el sectarismo del mundo del arte, porque estaríamos pasando otra vez sobre el piso mojado, y francamente, a ninguno conviene un resbalón. Hoy hablaremos de nosotros, y esto no es una consulta psicoanalítica.      

 

La manera de funcionar el mundo artístico siempre ha sido una de las más perseguidas ilusiones. El perfecto ambiente para una historia de amor, la inacabable fuente de sueños infantiles, incluso juveniles y hasta maduros. Pero qué es lo atractivo de él. Por qué miramos con los ojos centelleantes las estrellas de la pantalla, aunque sabemos que nada de lo contado es cierto.

 

Hoy, en pleno siglo XXI, seguimos anclados a la convención de muchas posturas de la pasada centuria. Una de ellas radica en la disminución de los espacios dialógicos entre los críticos, periodistas e intelectuales del arte. Recientemente concluyó el 49no. Congreso de la AICA en La Habana, y podemos referirnos a su realización como algo ¿real? Cuántos de nosotros, y defino el pronombre: interesados en la cultura, individuos actuantes del arte, protagonistas de lo que se entiende por “ambiente cultural en los 2000”, estuvimos allí.

 

Esa pregunta se aviene a la postura de muchos que proponen la misión del arte como pura eclosión de bellezas, como espacio de pensamiento royal, y cierta actitud ante quienes no presentan el ADN codificado y su negativa a participar en la cofradía, cualquiera sea su background y competencia.

 

No pretendía cuando comencé la escritura de esta columna se convirtiera en algo tan serio rápidamente, pero la vida es más rica en subterfugios que la lectura de una cartomántica. Ella me había dicho: veo una computadora, una muchacha riéndose y otra con el ceño fruncido, molesta. Entonces pensé que significaba que “la otra” no había entendido lo que leían. Pero ahora todo encaja, quiso decir que veían una misma cosa con más de una lectura.

 

Las resacas también son para pensar en sus motivos, más allá del interés patológico por mantener la misma sensación cada mañana. Y es que la memoria a largo plazo es bien clara cuando muestra los importantes desarrollos del arte en las corrientes más iconoclastas; los hervideros de posturas sobre el mismo tema, aplastando al oyente feliz de tener opciones; las condiciones de oposición, sumisión, enfrentamiento, generando corrientes filosóficas que hoy rigen nuestra vida.

 

Sin la oportunidad de conversar ambas partes: receptores especializados con pedigree y receptores especializados mulatos, sobre una misma subjetividad, no habrá tal precisión, acaso, la silueta de una mancha en el horizonte simulando alguna presencia. También es posible que ciertos enclaves posean la prerrogativa de sumar a quienes consideran importantes e imprescindibles. Pero, ¿son realmente esperadas las voces de todos los que fueron, y ya solo buscamos sus referencias en la biblioteca; o son más necesarios los que revisamos semanalmente en los blogs, websites y publicaciones digitales actualizadas?

 

La renovación de un discurso crítico nacional, e incluso más allá, tiene su tierra fértil en la arena medial. Sin embargo, los espacios legitimadores siguen anclados a la página impresa como medio de expresión legal. Por eso, el espacio de debate internacional actualizado, el ágora artística que sucedió en el teatro del Museo Nacional de Bellas Artes no abrió sus puertas a invitados bastardos. Por eso, muchos participantes quizás ni se enteraron cuáles críticos seguidos en tesis universitarias de Historia del Arte estaban en La Habana. Por eso, pensamos todavía que la opinión valiosa es la que tiene la bendita documentación de la cámara televisiva.

 

La carrera de un crítico la hacen los lectores. La recuerdan quienes pensaron sus opiniones en diálogo consigo mismos, la legitiman los aciertos de una exégesis digerible por todos. Pero la carrera de un crítico precisa de otros que lo sucedan, se le opongan. Las ausencias de una endógena discusión no ayudan a muchos, y casualmente, provocan esta hangover.