HANGOVER 1x04: Darío

 

 

 

Carlos Gámez

 

 

 

Ayer tuve una revelación en la peluquería y la comparto con ustedes. Porque a veces uno se sienta, coloca el gorro encima del peróxido, y eso crea una reacción química que recepcionan los sentidos, e influye en tu percepción de la vida tanto como el arte.

 

Resulta que cuando mi peluquera se enteró de la noticia ya era tarde, el dinosaurio había partido y no le dio tiempo a despedirse. Entonces ella no paraba de llorar, de ser consolada por sus amig@s manicuras y barberos, mas no encontraba una salida a su desesperación. Pero mi peluquera no llora, sabe que los culpables pagarán, y decidió encontrar en la psicología amateur su receta.

 

Me dijo que había hecho un diario, que le había puesto Darío, y que personalizaba su conversación cada día. Esa fue su revelación, la advocación de su espíritu santo. Desde ese día no pensó más en el dinosaurio, la teoría del gran deshielo y la extinción de la raza inspiradora de Jurassic Park.

 

Yo, por otro lado, no podía creer como estamos segados por las funciones sacras del arte, y no fragmentamos las experiencias de acuerdo a su verdadero impacto. Qué sucede cuando alguien vive una puesta en escena, una película, asiste a un performance o una exposición: experimenta una metamorfosis sensorial, tal y cómo ocurrió cuando vi mi nuevo tono de cabello.

 

El discurso artístico propone como summun una “sensación” dentro o fuera de su radio personal —preferentemente dentro, contra/fuera, nada. De ahí que muchas veces al terminar nos quede la esperanza de tener otro escalón, y ese, el de la sinapsis, corre por nuestra cuenta.

 

Ahora bien, no tengo la intención de proponer un tratado de semiótica cosmetóloga, solo insistir entre la simplicidad del hecho artístico y la complejidad que a veces le otorgamos en busca de su perfección. La obra no precisa de tarecos tecnológicos que operen en el sistema nervioso para sustituirla.

 

Justo la semana pasada terminó la jornada de Teatro Alemán. Pude ver en el Bertold Brecht El niño que vuela, una obra de Roland Schimmelpfenning, dirigida por Eric Morales con Victoria Teatro. La puesta estuvo interrumpida por dos apagones, silenciados por el espíritu de los actores y los móviles del público.

 

Traigo esta cita a colación porque la obra requería un aparataje de video, luces y banda sonora; mas el concepto se aplicó a las instancias posibles y el texto fue dicho en su totalidad, disfrutado como el resto de los anteriores estrenos del autor alemán en Cuba. Los accesorios en la obra de arte tienen una fuerza incalculable: 95%, sin embargo otras, es nada mas cuestión de percepción.

 

La generalidad de creaciones que se enfilan hacia la tecnología en este país precisan de muchas otras colaboraciones en pos de un alcance universal, pero tal y como la obra de Abel Barroso ha dejado claro, es nuestra condición sine qua non, apartando las quejas, puede ser aprovechada.

 

Ahora tengo la esperanza de seguir cambiando de color tras el efecto del peróxido en mi psiquis. Ella también me contó que ya no hablaba con Darío, que los dinosaurios ahora la perseguían, pero ya no le interesaban. Entonces nos queda la posibilidad de un futuro más claro, tal y como es de rubio mi pelo.

 

Hangover permite, a quienes la sienten, mover su ángulo visual, trasladar las creencias sacras hacia un espacio de diálogo con lo profano. Si ya lo dijo el refranero popular hollywoodense: los caballeros las prefieren rubias.