HANGOVER 1X05: ARDIENDO, Y NO EN EL INFIERNO

 

 

 

Carlos Gámez

 

 

 

Las cosas de la vida son tan diversas como las maneras en que actúa el Señor. Estamos en el Festival de Ballet de La Habana y yo, como buen crítico disciplinado y entusiasta, me dirijo a las funciones que considero más interesantes: por el grupo que las interpreta, por el discurso conceptual que defienden, por las imágenes de Internet que venden el espectáculo.

 

Así llegué hasta El Ciervo Encantado en su sede de Línea y 18, con el espectáculo Dub Love. Una propuesta que se alejaba de lo que “deberíamos” recibir de la curaduría del evento, ya que se utilizaban las puntas para demostrar los lindes entre lo popular, lo urbano, lo sagrado y clásico del ballet. Por lo que no asistí esperando ver el pas de deux de El Corsario, sino precisamente un discurso danzario que lo desmontara desde su lenguaje.

 

La obra, sin embargo, como suele ocurrir cuando uno se aventura tras esperanzas demasiado arraigadas, construyó el espacio perfecto para lanzar su tesis, pero nunca salió de su zona de confort. Un diseño escenográfico que recreaba un estudio en New York sirvió para ubicar en el espacio las lecturas extraídas del diálogo bailarines-deejays. Tal parece que se habían  enfrascado en moldear lo más cercano posible cada una de las angulaciones necesarias para contribuir con la ilusión, pues las luces, sugeridas a través del reflejo, construían una temperatura bastante fría al apoyarse en los maiots que servían de único vestuario para los tres bailarines. Las columnas del espectáculo que emitían desde su significado: color, alusión anecdótica y condiciones técnicas de los bailarines, sufrieron el choque de la espera sin final.    

 

Ahora recuerdo cada segundo vivido en la sala porque estoy ardiendo en fiebre y no puedo escapar del compromiso con ustedes. Porque rubio, castaño o pelirrojo, siempre vienen a leer esta columna, porque los actualiza, los divierte, o sencillamente les alegra el día. He ahí el deseo de proponer una solución inteligente a los conflictos no estéticos de la vida.

 

Dub love estuvo interpretado por Cecilia Bengolea, François Chaignaud y Alex Mugler (en el papel creado por Ana Pi) para narrar la experiencia de una noche en la ciudad norteña. Las intervenciones de cada uno de los bailarines estaban antecedidas por la demostración, un tanto circense, de posiciones alusivas al dominio de las zapatillas y la inmaterialidad. Con tal estrategia se mantuvo el espectáculo durante la hora de duración, sin otra evolución que le aportara al DJ MatDTSound una incitación al contrapunteo esperado por el público.

 

Lejos de vapulear el referente clásico como se suponía ocurriría en un espectáculo que asumió los códigos de algo para suplantarlos por una posmodernidad “satánica”, fue recibido un efecto boomerang. Esperamos hasta la caída del Sol un aura amarillenta en el cielo despejado de escritura coreográfica. Porque, quienes a esta altura del texto no han descubierto que fue esto lo que falló, se los digo con todas las letras. Lo más doloroso es que existían las condiciones perfectas y no hubo una coreografía coherente, arriesgada, mínimamente sólida.                     

 

Para las obras que luego tendríamos como referente una vez comenzado el festival—y son éstas Coppelia, El Lago de los cisnes, El Corsario Negro, El Quijote—, sería pertinente recordar cómo después de tantos años interpretando la misma serie de piruetas el teatro sigue repletándose. Y es precisamente buscando lo contrario que asistimos a El Ciervo Encantado sin encontrar nuestra quimera para el final de la tarde.

 

Yo, a esta altura del trabajo no tengo más fiebre. Sin embargo, recuerdo como si fuera hoy las caras de todos mis amigos al salir de la sala. No es necesario mantener el espíritu a fuego lento para conservar la llama de algunas experiencias. Porque de todo hay en la viña del Señor, solo hay que saber cómo manejarlo.