HANGOVER 1X10: HISTORIA DE DOS CABLES (II)

 

 

 

Carlos Gámez.

Obra:Flor eléctrica, de Carlos Quintana

 

 

 

Aquí comienza la historia del otro cable, el que cubría al de la columna pasada. Porque, para quienes desconocieran el antecedente del presente trabajo, les informo que habla sobre las parejas, los dúos, sobre Luciano y Camargo, sobre Bonnie and Clyde, sobre el featuring de Taylor Swift con Ed Sheeran. Y a veces, sólo en ocasiones especiales, también de artes visuales.

 

Bien, ahora sepamos cual es la relación de estos dos cables, quiénes son y cómo el hijo de Guillermina acabó casándose con su prima hermana. La exposición que funcionaba como co-protagonista —porque en algún momento había que referirse al Festival de Cine— es Arigato, realizada en noviembre, como había anunciado hace una semana, y en la Galería Taller Gorría (GTG).

 

La exposición contaba con un artista al que nos hemos referido últimamente: Carlos Quintana (1966). Su obra también estaba presente en la exposición curada por Daniel G. Alonso. La pasada experiencia se concentraba en la “exposición” —aunque parezca tautológico, de las relaciones de nuestro arte con la cultura nipona. Es, por lo tanto, un hecho que las piezas estaban enmarcadas dentro de ciertos códigos representacionales.

 

La postura de un artista frente a su obra no se condiciona por el leitmotiv al que dedique su resultado, sino por la inspiración, el estudio, y los móviles que lo llevaron a pensar en tales subjects. Por lo tanto, una muestra temática, una curaduría con centro discernible, tendrá en su maquinaria interna la posibilidad de fracasar o ser parte de la historia, en tanto convenza sin inflar, hable sin palabras ni textos de apoyo.

 

Es, como se darán cuenta, todo un reto conformar una exposición colectiva que ilustre a los presentes sobre temas ancestrales, actuales o futuros. Por lo que mi insistencia en los puntos de roce entre uno y otro cable no viene por los pelos, o mejor dicho en la jerga eléctrica, por debajo de la cobertura, dentro del forro. La exposición de Quintana en Galería Habana no hacía alusión a lo japonés por ningún costado, sin embargo, al mirar detenidamente la gran L, podías sentir el pulso de los Hiragana y Katakana.

 

Las obras de Adislen Reyes, Ariamna Contino, Carlos Quintana, Eduardo Abela Torrás, Eduardo Ponjuán, Kmilo Morales, Lancelot Alonso, Lázaro Saavedra, Maikel Sotomayor, Marco Arturo Herrera, Marlys Fuego, Normando Torres, Osy Milian, Reynerio Tamayo, Rocío García, Roger Toledo y William Pérez proponen visiones alejadas de lo que pudiéramos esperar de las acostumbradas alusiones a geografías particulares.

 

Hay en la exposición un hálito necesario de la filosofía, del videojuego, de la tradición, de los hitos e íconos culturales. Las obras han sido pensadas a partir de una procesión de buenas propuestas artísticas que no condicionan a su receptor cuando continúa el recorrido. Si bien recordarán, la columna anterior trató de la museografía como sujeto protagónico, en esta ocasión hablamos desde las primeras personas, no desde las enunciaciones.

 

Arigato fue una muestra segura, fue la oportunidad de pensar un arte cubano contemporáneo desde las escrituras legitimadas de sus protagonistas. Es el paso por el bosque de Sakura, 2016 (Rocío García, óleo sobre tela, 115 x 115 cm), secundado por Fiesta en palacio, 2016 (Eduardo Abela Torrás, acrílico sobre tela, 140 x 130 cm) y Shangó samurái, 2016 (Reynerio Tamayo, acrílico sobre tela, 145 x 115 cm).                      

 

Los cables que me han permitido conectar museografía y singularidad vs idea común han demostrado que el casamiento de parientes no produce monstruos, que las parejas se arman con el deseo de match. Esta historia acaba sin asesinatos, ni sobresaltos, un cable dentro del otro y para siempre sin apagones.