LA ¨BUENA¨ SOMBRA DE LOS ALMENDROS

 

 

 

Por: Nguyen Peña Puig

 

 

 

El premio de narrativa infantil correspondiente al Calendario 2015 lo obtuvo el narrador y poeta, Daniel Zayas Aguilera. Nacido precisamente en la Isla de la juventud, Zayas recrea un entorno que a todas luces le es conocido y entrañable. Allí toma vida el personaje de Ernesto, quien desde las vivencias de su temprana adolescencia nos hace partícipes de un espacio temporal breve pero intenso, donde lo veremos madurar y desprenderse de ingenuidades, aunque no de la ternura visceral que caracteriza a esta narración.    

 

A lo largo de los veintitrés capítulos que dividen el libro hay una madre que muere, un padre que regresa, primeros amores, el descubrimiento de las mezquindades propias de lo cotidiano; pero también la recompensa de la devoción a los amigos, así como el brotar de esos sentimientos de rebeldía y ansias de libertad tan caros a la condición insular.

 

En general narrada con justo equilibrio entre lo coloquial y lo poético —si acaso tendría que señalar un ligero exceso en el capítulo cuarto “Una historia de magia”, donde el autor se desboca en las trampas de lo real maravilloso—, esta novela es prueba suficiente de que no se necesita contar “la gran historia” para conmover, dejar una huella en los lectores.                    

 

Al fin y al cabo, siempre encontramos un sano regusto en las historias personales —personales en tanto cercanas, íntimas cual confesiones—, tal vez por ser las que propician un trabajo más profundo con la psicología de los personajes. En esa dirección, más que en el de las peripecias de un pequeño héroe, se dirige La sombra de los almendros, escrita en un lenguaje sencillo y directo, como debe ser cuando su protagonista nos desnuda sus recuerdos con la misma naturalidad del niño que por fuerza va quedando atrás. Lo hace además sin premuras, como si fuéramos simplemente sus amigos y conversáramos esta tarde en un claro de mangle, ligero, fresco, marino, y de por medio esas divinas empanadas dulces recién horneadas por su madre, mientras recibimos los últimos rayos del sol que se adormece en lontananza.

 

El autor de este libro es ajeno a pirotecnias gramaticales. Hace gala, en cambio, de un amplio repertorio metafórico con el que nos sumerge de lleno en el universo vital del entorno que describe. De modo que Ernesto es singular y a la vez múltiple. Con lo que su historia puede generalizarse y ser la de cualquier muchacho de la todavía Isla de Pinos durante los años que precedieron al triunfo revolucionario de 1959. Los mismos problemas y frustraciones, dudas, esperanzas.

 

La literatura para niños se disfruta al tiempo que atemoriza. Todo acercamiento trae consigo la aprensión de encontrarse con caminos trillados y apocamientos innecesarios: naderías. Es por ello que siempre reconforta encontrar un libro que pueda ser recomendado a conciencia, imaginando el brillo en los ojos de un niño mientras escuche a su madre contarle esta historia, con voz dulce, alargando el tiempo, quién sabe si a la sombra de algún almendro.