MÁS QUE UNA REINA RESTAURADA

 

 

 

Por: Daniel Céspedes

 

 

 

Uno de los añadidos o generosidades de la postmodernidad al audiovisual contemporáneo de repaso y reparo históricos (documental, serie, videoclip, filme), no ha consistido tanto en reinterpretar y recontextualizar los acontecimientos y personajes del pasado, como en reconfigurarlos exteriormente.

 

Los primeros han gozado de un mayor respeto en lo que a convenio fidedigno se acepta de cuanto y donde pasó, aunque prevalezca un acomodo artístico, asociado a la estética o estilo del autor y su responsabilidad de lo que quiere y cómo lo quiere en la puesta en pantalla, y hasta en el guion más general y técnico de su obra.

 

Los segundos (los personajes) se han favorecido en lo que a representación física se refiere. Ahí tenemos por ejemplo el Cristóbal Colón de Gérard Depardieu en 1492: La conquista del paraíso (Ridley Scott, 1992); un Felipe el Hermoso más agraciado aún por el italiano Daniele Liotti en la película Juana la Loca (Vicente Aranda, 2001); el Enrique VIII de Inglaterra interpretado por el actor y modelo irlandés Jonathan Rhys-Meyers en la serie Los Tudor (2007-2010).

 

Aunque mayor éxito y favor icónico ha tenido Juana de Arco cada vez que una actriz la asume en el Séptimo Arte. ¿En realidad, cómo habrá sido La doncella de Orleans? No creo que eso a estas alturas venga a quitarle el sueño a un historiador y menos a un espectador, interesados en etopeyas y epopeyas, no en retratos fehacientes.

 

Existen muchos ejemplos de rediseños o remplazos históricos en la filmografía mundial. Incluso si nos remitiéramos hacia bien atrás, sorprende por figura y hasta por un amorío solo cinematográfico no por reiteración de ciertos gustos afines entre actriz y heroína (tal vez desconocidos en la época y en rigor, no permitidos en pantalla) La reina Cristina de Suecia (Rouben Mamoulian, 1933), encarnada por la impactante Greta Garbo.

 

Es sabido por testimonios tanto plásticos como escritos que la Cristina histórica no era agraciada físicamente. Sin embargo, ello no le impidió amar y ser correspondida, y lo mejor: aprovechar su despampanante inteligencia a fin de agenciarse amigos influyentes que la admiraron.

 

Pero, volviendo al tema del audiovisual, todo atañe a la creación y se vale “retocar”una imagen si de enamorar a las multitudes se trata. A propósito, la soberana sueca ya aludida vuelve a interesar y a refrescarla pantalla y la historia, pues este año el finlandés Mika Kaurismäki nos propone a la bella Malin Buska en The Girl King, obra clasificada dentro del llamado cine histórico o de época. Esta específicamente es una biopic o película biográfica.

 

En febrero de 1654 la reina Cristina de Suecia (1626-1689), quien defendiera el lema “La sabiduría es el pilar del reino” y fuera gran mecenas y patrocinadora de toda clase de artistas, le comunicaba al consejo de su reino y a todas las figuras principales su disposición de abdicar de la corona. No dio explicaciones, pero expuso «que con el tiempo se entenderían sus motivos». La que impulsó y desarrolló la vida cultural de su país, haciéndolo en un tiempo el centro del humanismo en Europa, y fuera llamada con justicia la Minerva del Norte, se supo diferente intelectual y sexualmente desde su adolescencia, y más allá de sus circunstancias. Su abdicación representaba su primera renuncia de peso.Mujer educada como hombre a fuerza de hacerla rey. Heredera de una tradición cultural elitista y monotemática regionalmente.

 

Suecia fue uno de los países que se quiso separar del catolicismo y se acogió a los planteamientos luteranos. De manera que el alemán fue asimilado también allí como el gran guía e ideólogo de la Reforma Protestante. Pero a la reina Cristina le interesó desde temprana edad el más conocido principio del francés René Descartes, padre de la filosofía moderna: «Pienso, luego existo». Aunque es presumible que admitiera también del autor de El Discurso del método aquello de que «para alcanzar la verdad en la vida tenemos que deshacernos de todas las ideas que nos han enseñado». Estas enseñanzas y otras llevaron a Cristina a cuestionarse cuánto se proponía hacer redefiniendo su naturaleza interna, la psicosexual, que defendió con moderación y casi literalmente a capa y espada. Pues ella festejaba y gozaba de lo femenino ajeno.

 

La que muchos años estuvo bajo la tutela del canciller Axel Oxenstierna, creyó en la curiosidad como impulso para ir tras el conocimiento. Del mismo modo que mostró interés por el tema de las pasiones, que en tiempos helenísticos fue reprendido por la filosofía estoica. Aunque luego, en el siglo diecisiete, sería atendido por Descartes, quien precisaba la importancia de conocerlas, no negarlas, porque así puede el hombre discernir lo bueno de lo malo, lo conveniente de lo inoportuno, sin desconsiderar el riesgo en el ejercicio diario de existir y vivir. Kaurismäki contempló todo esto en su más reciente película.

 

Sobresaliente en The Girl King es la fuerza del guion, en el cual se van entremezclando un sinnúmero de pugnas políticas, sociales y culturales y a nivel psicológico, sin asfixiar al espectador. Los parlamentos son definitorios y reveladores de quienes vienen, esos personajes que constantemente se miden y se atreven a redescubrirse. Y allí, donde pudo correrse el riesgo de la grandilocuencia expositiva y la forzada didáctica, entra más de una máxima oportuna de Oxenstierna (Michael Nyqvist); por ejemplo, repárese en uno de los tantosconsejos o reprensiones indirectas a la reina: «Cuando uno hace lo que quiere, pocas veces hace lo que debe» ¿Indiscutible agudeza de un noble del siglo XVII? Más de un político de ayer y de hoy, de siempre.

 

Avanzado ya el film, hay un gran momento de tensión, donde salen a relucir algunas verdades en uno de los mejores encontronazos que ostenta el relato narrado de The Girl King, ese en que Cristina tiene entra en careo con su aparente madre desequilibrada. Y también está la escena donde Descartes (Patrick Bauchau), postrado en la cama, le susurra algo a la reina y muere. El lamento posterior de una de sus principales lectoras y admiradoras es de una verosimilitud en el fundamento de la trama y el argumento que después uno presiente sin saber incluso mucho de los hechos históricos— que la protagonista asumirá una de sus trascendentales decisiones.

 

Y complementando al guion de Michel Marc Bouchard, Kaurismäki aprovecha la literatura epistolar y accedemos a la escritura reveladora de la reina Cristina: «Señor Descartes, he oído decir que investiga usted las emociones humanas. Quisiera que me explicara dos cosas. Primero: ¿Qué es el amor? No logro entender el impulso secreto que nos atrae hacia una persona y no hacia otra antes de que sepamos lo que vale esa persona. ¿Tiene esta alianza sus raíces en el cuerpo o en la mente? En segundo lugar: ¿Cómo librarse de este sentimiento?» Luego, el filósofo le habla del amor compasivo y del otro, que es lujurioso. Y le aconseja controlar la expresión facial a voluntad, o sea, disimular lo que uno siente si no es preciso que los demás lo sepan o si no conviene por el momento que la persona amada sepa que nos influye emocionalmente. «Para ocultar una pasión podemos imaginar otra, la opuesta. Pero, por el momento deberías amar. Ya razonarás más adelante», le contesta.

 

Influenciada por amigos ilustres de Francia (el diplomático Pierre-Hector Chanut), Italia (los jesuitas Paolo Casati y Francesco Malines, el cardenal Azzolino después), España (el general Antonio Pimentel del Prado), y por cabeza propia, la reina intelectual, la única heredera del León del Norte  Gustavo II Adolfo— en el propio año de su abdicación, decidió cambiar de fe, pues se acogía al catolicismo. Era su segunda medida personal de importancia.

 

Poco tiempo después hasta cambiaría su nombre por el de María Cristina Alexandra Vasa. Más de vez en cuando les recordaba a unos cuantos que, pese a su abdicación al reino de Suecia, ella tenía sangre real y pensaba como le viniera en gana. No por gusto, unos años después se oponía a las persecuciones religiosas tanto de judíos como de hugonotes en Italia y Francia, respectivamente. En 1656, Pedro Calderón de la Barca escribió La protestación de la fe, un auto sacramental basado en la vida atractiva de la entonces joven reina Cristina.

 

Tanto la biografía escrita en la manera más descriptiva y habitual como la novela biográfica y aun la narración que toma como referente primero a determinada figura histórica, tienen que optar como la representada en el cine— por la selección de aquellos sucesos que el autor (biógrafo, novelista, director de cine) considere indispensable para que en la historia conocida por datos bibliográficos no descanse el valor principal de la obra fílmica.

 

Por mucho que lo pretenda, el cine de época no es para reproducir lo que efectivamente pasó. Eso es otra ilusión. A grandes rasgos debiera haber un respeto hacia lo que se conoce. Pero el director de una película puede tomarse licencias con el propósito de especular y sugerir. No se olvide que tiene que fundamentar una trama y proceder narrativamente con códigos que tributan a una dramaturgia que también maneja a su antojo. ¿Qué se le pediría a un verdadero autor? Creatividad. Aunque exagere como Roland Emmerich en relación con la supuesta identidad de William Shakespeare en la pseudohistórica Anonymous (2011).

 

The Girl King es una propuesta atrevida por lo que escoge, insinúa y confirma en torno a la vida de Cristina de Suecia. No fue preciso que su director manifestara todo lo que sabe de esta reina. Con su largometraje no tuvo la intención de comprimir una vida humana. Cuanto está basta, no solo para comprender el carácter de Cristina y su jerarquía para con su país y Europa, sino para indagar en la personalidad de una mujer fascinante. Mika Kaurismäki, además de ser un excelente conocedor de la historia, sabe hacer muy buen cine. «¿Quién osaría oponerse a lo evidente?», preguntaría Cristina de Suecia.