TAEKWONDO  CUANDO LA MASCULINIDAD DISFRUTA DEL OTRO

 

 

 

Por: Daniel Céspedes

 

 

 

No es preciso navegar en una embarcación imaginada por Herman Melville o estar en la piel de esas prácticas marineras que aludió más de una vez Rafael Alberti en La Arboleda perdida para entender por qué un hombre puede solicitar a otro tras posponer con la mirada una sobrada conversación. No hace falta identificarse con un parlamento del Banquete de Platón, un poema de Luis Cernuda, un personaje de Alberto Garrandés o un dibujo de Tom de Finlandia para entender esa simpatía que emana de un extraño o conocido que pudiera pedirte más que una amistad.

 

¿Cuánto esconde a veces el fisiculturista, el deportista en general, el devoto de una religión, el militar, el jugador de dominó, tras toda esa armazón estereotipada de hombría donde se cubren como niños y pretenden disimular la atracción hacia ese que se saluda, se observa a diario y de vez en cuando estimula con su presencia?

 

Algunos se justificarán con la admiración, que no requiere de ciertas intimidades; otros dirán que no hay maldad sino confianza para celebrarlo y hay quien, más atrevido, admitirá su amor por el sujeto no por su género: «Yo no me enamoro de genitales sino de personas». En el fondo muchos se aguantan, tragan en seco y llevan una vida fingida hasta morir a fin de quedar bien con las exigencias sociales, con el qué dirán, con “lo normal”. Por desgracia, sacrifican para el porvenir. ¿Con qué propósito? Para quedar bien con no sé quién o qué. ¡Qué manera de faltar a la vida que tienen mostrando una fingida para los demás!

 

Ya hoy, aunque queda mucho camino por andar, el flirteo cotidiano entre hombres (y no precisamente homosexuales) estrecha prejuicios y tabúes sociales que, amparados por organizaciones e individuos hipócritas, intentan limitar aún los privilegios extendidos del placer. Y no es necesaria la confesión a los cuatro vientos, porque la reserva es un derecho individual, aunque no deja de ser la consecuencia de una ficticia garantía ante la posibilidad de que se sepa qué gusta y por tanto qué se es.

 

No hay nada que asuste y cautive más a esa masculinidad no narcisista que en silencio y con cautela contempla y desea al otro. Dilema e indecisión, contención y esperanza alimenta también la virilidad. Lo saben dos de los chicos reunidos en una quinta en Ezeiza, el espacio/personaje que los directores argentinos Marco Berger (Plan B, Hawaii, Mariposa) y Martín Farina (Fulboy) concibieron en Taekwondo.

 

La convivencia entre varones en un espacio propicio para el diálogo y el juego espontáneos no supone siempre un camino para el despliegue homoerótico. Así como las mujeres se buscan y se entienden en el grupo, los hombres se reúnen en una reafirmación casi celosa de un pacto o ritual no siempre declarado que resalta una masculinidad presta a redefinirse y ensancharse. Los chicos heterosexuales de Berger y Farina fuman, comen y beben juntos, comparten la piscina y la sauna y cuando van a dormir se acomodan como niños supuestamente ingenuos. EnTaekwondo hay una atención en las miradas que se entrecruzan como complemento de los diálogos. Ojos de la cámara y los personajes que tensan sutilmente la atmósfera varonil, motivando la prueba ligera, y secreta al principio, de dos amantes en potencia interpretados por Gabriel Epstein y Lucas Papa. Pero no solo en ellos, la cámara en general dialoga con los cuerpos desnudos y semidesnudos. Y para colmo no duda en colocarse en las entrepiernas cuando alguno ajusta lo suyo según el transcurrir de la plática sobre el sexo, las mujeres, sus ventajas como machos.

 

Taekwondono representa una promoción sin más del cuerpo varonil. Aquí lo lúdico y el erotismo, la belleza y la libertad de lo masculino es la primera capa de una trama que explora las psicologías no mediadas por lo reglamentario social, aunque sí por la circunstancia del grupo reunido en esta villa. Y sin embargo, estos de chicos de Berger y Farina intentan ser ellos mismos en la amistad y el amor que vigorizan toda suerte de sensibilidades.

 

Sí, Taekwondo no es una película gay ni sobre la masculinidad en entredicho, sino una propuesta donde asoman las muchas dosis de ternura que a un grupo de hombres no les pueden faltar.